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Baile de Navidad

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Baile de Navidad

Mensaje por Yuuki Cross el Miér Dic 17, 2014 6:57 pm

Recuerdo del primer mensaje :


La sala de baile del hotel se ha decorado para la ocasión, hay árboles llenos de luces y adornos navideños, el techo está lleno de guirnaldas, hay velas y mesas repletas de comida y bebida, todo ello acompañado de una agradable música.



~Quiero ser tu lado inocente una última vez~


Spoiler:

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Re: Baile de Navidad

Mensaje por Yagari Touga el Mar Mar 03, 2015 9:33 pm

Y aunque sabía que odiaba verla llorar, tampoco podía evitar que aquello ocurriera, ¿verdad? Rangiku no sólo era sensible, sino que también tenía la lágrima  fácil. Se había percatado de ello en poco tiempo. Desde el hospital, al apreciar la forma en que brillaban sus ojos, e incluso hoy mismo, allí afuera, donde la emoción acabó por atraparla. Y en este momento, mientras la sostenía entre sus brazos, podía percibir el ligero temblor acarreado desde hace unos segundos, donde la tensión en el aire volvía a ser tan palpable como su propio cuerpo, cálido, contra el suyo. Toda palabra parecía insuficiente e inoportuna. De por sí, Touga era un hombre de poco hablar. Le costaba expresarse; le costaba ser amable o sutil con su interlocutor, cuando siempre le era más fácil enviarlo a cagar. En sí, alrededor de tales conversaciones giraba su vida en este último tiempo. Entonces, ¿cómo hacerla sentir bien? ¿Qué decirle? Un “lo siento”. Eso debería bastar, aunque sabía perfectamente que no era así. No para él, al menos, quien quería decir tantas cosas y ninguna palabra correcta parecía disponerse a salir. Por eso mismo recurrió a los gestos, a las acciones, esas cosas que demuestran más que un simple vocablo. Y aún viendo su silueta junto a la de ella en aquel espejo, asintió. Sí, estaba bien. Estaba bien ahora, al igual que ella. Y más aún cuando su ojo pudo hallar los suyos. Ah, en momentos así era cuando deseaba contar con sus dos pupilas bien despiertas. Observó cómo la expresión de ella se volvía algo triste. Cuando su mano rozó la zona de la herida, a pesar de sentir un leve ardor, el rostro de Yagari no se inmutó. Continuó mirándola, y negó con la cabeza.
- No es nada. No te preocupes –mencionó. La verdad era que le importaba muy poco esa herida, y tan sólo quería que ella dejase de pensar en lo ocurrido, al menos por un momento. Martillar la mente con lo que pasó, no ayudaría a ninguno de los dos. No ahora, donde todo resultaba tan reciente. Por eso, Touga sonrió levemente cuando ella le abrazó otra vez, más aún al verla tan ilusionada y emocionada. Ah, era una niña, realmente. En el fondo, conservaba un alma demasiado inocente. Asintió ante sus palabras y decidió seguirla por donde lo guiase.

Su brazo extendido había indicado la pequeña sala. Allí había un sillón, así que él caminó hasta allí. Antes de dejarse caer en él, observó el abrigo que ella dejaba sobre el brazo del sofá. Sonrió de lado, suavemente, y acabó por sentarse. Algo sorprendido –pero nada extrañado- veía cómo Rangiku iba y venía de un lado hacia otro, apresurada, alborotada. Touga entrecerró su ojo. ¿Cómo podía tener tantas energías? ¿Cómo lograba sobrellevar semejante euforia? Quiso reír, pero la risa francamente no le salió. En su lugar, había una mirada maravillada que la seguía a todas partes, escrutando cada movimiento, cada gesto; y un par de oídos atentos a cualquier sonido, a cualquier palabra, incluso atentos  a cualquier mínimo suspiro. Acabó por negar con la cabeza, resignado, y bajó la mirada hacia la mesita que había frente a él. Allí arriba dejó su estuche de cigarros, el mechero y su móvil. Al instante, Rangiku regresó con… ¿dos latas de té frío y una de cerveza? ¿Acaso iba a tomarse todo ese té ella sola? Pues era obvio que él elegiría la cerveza, y sabía que a ella no le era de agrado el alcohol. Pero dos latas de té… y más con este frío. Pero, contra todas sus especulaciones, uno de esos envases metálicos fue a parar justo a su mano. Él la miró, confuso. No iba a tomar esa mierda. Que no le pidiese ser sano hoy –ni nunca-, por favor. Sin embargo, su mano acabó por ser guiada hasta su mentón, en el sitio de la herida, donde la zona enrojecida era más nítida. Touga abrió su ojo, exaltado, y luego lo puso en blanco. Oh, vamos, ¿esto era en serio? ¿De esto se trataba? Pero frente a su pronunciado “así” no tenía nada que hacer. De tan sólo ver lo animada que estaba, bastaba para convencerlo de ser su payaso personal por unas horas.  
- Debe ser lo único para lo que sirve esta porquería –bromeó, sonriendo de lado mientras sentía el frío de la lata, ahora, sobre la comisura de sus labios, extendiéndose la gélida sensación hasta su mentón. Era curioso hacer tal comparación, pero fugazmente llegó a su mente el recuerdo del beso que ella le dio. Aquella calidez contrastaba increíblemente con la frialdad actual. Y pensar que podían tenerse dos sensaciones tan completamente opuestas en tan poco tiempo, tanto en algo tan externo  -la piel- como en algo tan profundo -el corazón-.

Ella continuaba algo ensimismada en su entorno. Yagari la observaba sin pestañear. ¿Qué buscaba ahora? Pero en cuanto cayó en la cuenta de lo que era, cuando ella se levantó, aprovechó para extraer de su cinturón aquel eficaz cuchillo que siempre llevaba a todas partes, bien oculto bajo la ropa. Lo elevó delante de sí, examinando su hoja. Estaba limpio. Se encogió ligeramente de hombros, y se dispuso a acercarlo al pastel, pero entonces ella volvió. La miró, y disimuladamente miró el cuchillo. Ella había dejado cubiertos sobre la mesa. Bueno, tal vez era más civilizado utilizar aquellos, pero…

Lo abrazó. Estaba haciéndolo de nuevo.

Estupefacto, se inclinó un poco hacia adelante y dejó, con cuidado, el cuchillo sobre la pequeña mesa. Su mirada viajó hasta ella, hasta su diminuta cabeza azabache. Con lentitud, posó una de sus manos sobre ésta, otorgando una suave caricia sobre su cabello. ¿Así que esto era a lo que se le llamaba “estar en paz”? ¿Cuánto tiempo había transcurrido desde que no sentía tal sensación? Su semblante se presentaba nostálgico, pero por suerte ella no lo vería. Estiró su brazo libre para dejar la lata sobre la mesa, y entonces acercó su helada mano al rostro de ella, atrapando su mentón entre su índice y el pugar. La obligó a mirarlo, suavemente, y su mano se deslizó hasta su mejilla, apartando unos mechones de su cabello y colocándolos en orden detrás de su oreja. No obstante, siempre estaba ese mechón rebelde que se volvía reacio a estar quieto. Siempre acababa interfiriendo en el medio de su cara. Una pequeña e ínfima risa ahogada elevó su pecho mientras la miraba. Desvió su vista hasta la lata de té y volvió a sujetarla, abriéndola con la ayuda de la mano cuyo brazo rodeaba los hombros de la joven.
- Toma –murmuró-. Y come –aclaró, ladeando un poco la cabeza-. Será mejor que llenes ese estómago antes de dormir –dijo al tiempo que se llevaba la lata hasta la nariz, olfateándola. La frunció un poco y se la tendió-. Digan lo que digan, me quedo con la cerveza –sonrió, fanfarrón.
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Re: Baile de Navidad

Mensaje por Rangiku Matsumoto el Vie Mar 06, 2015 12:10 am

¿Lo estaba consiguiendo? ¿Lo estaba haciendo feliz, estaba consiguiendo que se sintiese despreocupado aunque fuese solo durante aquella noche? Sonreí, agradeciendo al cielo aquel milagro. De todas formas, aunque me hubiese dicho que estaba bien y que no era nada lo de su mentón, no lograría evadir mis cuidados. Por un lado, sentía que quería decir tantas cosas que no tendría suficientes palabras ni aun usando todo el diccionario completo; por otro, no sabía qué decir, pues lo que sentía no tenía nombre. Así que, simplemente, seguí demostrándoselo con toda mi alma, con todo mi corazón puesto en cada mínimo movimiento. Lo que había pasado hacía unas cuantas horas parecía lejano y sin importancia, como si se tratase de una simple pesadilla; o, al menos, así lo percibía yo. La intensidad de su mirada había hecho retroceder a todos los demonios y fantasmas, los cuales, intimidados, habían decidido volver huyendo al Infierno del que habían salido. En aquel momento, en aquel lugar, su presencia no era bien recibida; aquel momento y aquel lugar eran tan solo para los dos, para que lo disfrutásemos hasta el último segundo, exprimiendo cada gota de felicidad, cada sonrisa, cada cómplice mirada... pues no se sabía cuándo volvería a presentarse un día así, ni siquiera si este llegaría. La Muerte acechaba en cada esquina, arrastrando su guadaña lentamente con un desagradable chirrido hacia aquel que estuviese más cerca, llevándoselo en cuanto se descuidase. De vez en cuando, mientras aun iba de un lado a otro de la habitación en busca de lo necesario, le dedicaba una cálida mirada, le dejaba ver la eterna sonrisa que él había grabado en mi rostro; así como yo podía verle a él sentado tranquilamente, con aquel iris que se veía tan resplandeciente. Para que momentos como aquel se repitiesen, para que pudiese seguir sonriendo, para que pudiese recostarse cómodamente en un sofá y mandar a tomar viento a todo lo malo... Para eso, debía cuidarlo, debía asegurarme de hacerlo bien, mejor que hasta ahora. Porque no quería que nada ni nadie le arrebatase el bienestar que su rostro reflejaba ahora.

Y si algo le pasara algún día, que Ella supiese que me debería llevar detrás de él, pues no querría mantener con vida a semejante alma perdida y llena de odio hacia sus crueles e injustos caprichos.

Me había quedado realmente relajada cuando me abracé a él, tanto que tendría que tener cuidado en no quedarme dormida. Mi cuerpo, al sentir la tranquilidad, también había comenzado a sentir el cansancio del reciente viaje, de todo lo ocurrido antes, del excesivo pico de nervios que sufrí y de la hora que era. Y a todo eso, se le juntaba la calidez que desprendía su cuerpo, la cual hacía que me quedase aun más aturdida. Me sentía como un animalillo perdido que había encontrado un hogar dulce y cálido donde descansar. Respiré hondo, sin abrir aun los ojos, mientras disfrutaba de aquella caricia sobre mi cabeza. Noté que su cuerpo se inclinaba hacia delante levemente y al poco escuché el sonido de la lata siendo dejada sobre la mesa. Con suavidad, me abracé con un poco de más fuerza, acurrucándome un poco más. Reconocí, junto con el olor de su ropa, el aroma del gel de baño del hotel. Volví a respirar hondo con disimulo, embriagada; ahora sí que estaba siendo capaz de disfrutar de aquel perfume, no como horas antes cuando me había tocado probarlo a mí. Abrí los ojos con pereza cuando sentí sus dedos sujetándome el mentón. Los tenía helados, sin duda alguna de la lata, pero su tacto seguía siendo tan agradable como siempre. Giré un poco más el cuerpo hacia él para poder mirarlo fijamente, pues sus dedos hacían que levantase la cara hacia él. Obedecí sin poner resistencia alguna, apoyando el lateral de la cabeza sobre su hombro, sin retirar mi mirada de la suya, completamente ensimismada, atrapada por aquel iris que tanta fuerza tenía en mí. Debido a la cercanía, el rubor había vuelto a mis mejillas, pero aquella vez no había dolorosas palpitaciones que hiciesen saltar mi pecho, sino alegres latidos de un corazón que poco a poco se iba sintiendo más aliviado. Apenas me atreví a parpadear mientras su mano retiraba el pelo de mi cara, recogiéndolo detrás de mi oreja; no quería perderme ni una sola de sus reacciones. Abrí completamente los ojos de repente. ¿Estaba riendo? Una amplia sonrisa se dibujó en mi rostro al escuchar aquella codiciada risa, sin dejar de observarlo, sintiendo que aquella escena se grababa en lo más profundo de mi corazón.

Por primera vez desde que entró, me di cuenta de que tenía el pelo húmedo. Alargué una mano y le acaricié el pelo, recogiendo entre mis dedos varios mechones húmedos. Sonreí al pensar que, hasta incluso estando húmedos, no perdían su rebeldía. Bajé la mano y la dejé sobre su pecho, mirando distraídamente cómo abría la lata sin dejar de abrazarme. Me deshice de las zapatillas y subí los pies al sofá, encogiendo las piernas a un lado, lo que me permitió recostarme un poco más sobre su hombro. Miré que había dejado sus pertenencias sobre la mesa, y casi sin darme cuenta me fijé en que no había soltado la llave de su habitación. ¿Se la habría olvidado? Podía dormir aquí, por mí no había problema. Las sábanas de la cama estaban sin estrenar, así que la podía tener para él solo; por mi parte, cabía sin problema ninguno en el sofá, así que no tenía que preocuparse. Por una vez mi pequeña envergadura me resultaba útil en algo. Fui a mencionárselo, pero me detuve repentinamente. Era inocente, sí, pero también era consciente de que ciertas cosas, aunque fuesen dichas sin otras intenciones, podían sonar con otro sentido. Enrojecí levemente al pensarlo, desviando durante un momento la mirada. Agradecí interiormente que mencionase la tarta, pues así podía dejar aparte aquellos pensamientos. Lo miré fijamente con una sonrisa.- ¿Ya me vas a mandar a dormir?- Bromeé, aunque en cierta manera no era tan poco en serio. La verdad es que tenía ganas de que se quedase más rato. Tenía ganas de hablar un poco más con él, de ver la tele... Bueno, la tele a esas horas poco tenía que ofrecer. Resignada y aun manteniendo la sonrisa, bajé de nuevo las piernas y me senté más decentemente si íbamos a comer.- Está bien...- Cogí el cuchillo que había limpiado, pero al hacerlo reparé en el suyo. No pude evitar reír levemente al pensar en cortar el pastel con aquel arma, aunque la verdad es que sería curioso.- ¿Me ayudas?- Le dije, volviendo un momento la cara hacia él con una mirada ilusionada, para luego sujetar una de sus manos. La coloqué rodeando el cuchillo, a la vez que colocaba mis manos sobre la suya. La dirigí hacia el pastel, haciendo el primer corte con suavidad. Hice un segundo corte de la misma manera, manteniendo su mano entre las mías, cortando el pastel entre los dos. Por mi mente apareció, fugaz, la tradición de las bodas de que los novios cortasen juntos el primer trozo de la tarta. Enrojecí al pensarlo, abriendo de par en par los ojos mientras miraba las manos de ambos. ¿Qué leches me pasaba esa noche que todo lo tenía que relacionar? Algo azorada, cogí una de las cucharas y, con su ayuda, el trocito de pastel cayó sin percances sobre el plato. Sonreí, satisfecha, al ver que el trabajo se había hecho bien.

Le abrí la cerveza y se la ofrecí, sujetando con la otra mano la lata de té. Sonreí al recordar su broma al oler el té, acercándomelo a la boca. Nunca lo había probado, la verdad. El limón me gustaba bastante, pero no tenía ni idea de si aquella mezcla sería de mi agradado. Fui a darle un sorbo, pero un repentino estornudo me detuvo. ''Otra vez''. Demasiado bien que estaba para el frío que había cogido allí fuera, y no iba a permitirme el caer mala.- Lo siento...- Me disculpé. Ordenándole interiormente a mi cuerpo que se portase bien, le di un trago al té, poniendo una cara rara en cuanto mis papilas gustativas entraron en contacto con el líquido.- Creo que mejor busco otra cosa que beber...- Musité, estremecida tanto por el frío de la bebida como por aquel horripilante sabor. Dejé la lata sobre la mesa y cogí el plato con el trozo de tarta, volviéndome hacia él. Cogí un trocito con la cuchara y se lo acerqué significativamente, sonriendo divertida. Seguramente no accedería, pero quería que siguiese bromeando y permaneciendo completamente distraído de lo que podía moverse en el mundo de fuera de aquella habitación.
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Re: Baile de Navidad

Mensaje por Yagari Touga el Sáb Mar 07, 2015 9:39 pm

Las palabras jamás fueron tan innecesarias. Realmente, allí sobraban. En el tiempo en que había estado sujetando su mentón de aquella manera sutil y delicada, pudo notar cómo ella lo atravesaba tan dulcemente con la mirada. ¿Por qué? ¿Por qué tenía que mirarlo de esa manera tan… adorable? No entendía cómo lo conseguía, pero lo hacía: lograba removerlo en lo más hondo, tocarlo en lo más íntimo de su pecho. Y él no quería entregarse a esto. No quería dar rienda suelta a sus sentimientos como antaño, porque era un perro solitario y asustado, desconfiando de todos y de todo. Y realmente no sabría qué hacer si por culpa de su egoísmo, por culpa de querer protegerla y atesorarla consigo a su vez, ella acababa herida, y esto por no pensar en lo peor. Pues, inevitablemente,  los más trágicos pensamientos acudían a su mente. Ya había visto y vivido demasiado como para no tenerlos en cuenta. Pero este momento.. ¿valía la pena desperdiciar este momento con esos oscuros y tristes pensamientos? Aunque una parte de él pedía a gritos que cediera ante el cálido y apacible contacto, la otra se negaba rotundamente, comenzando a edificar los muros sin su permiso, en cuanto él se descuidase. No obstante, cuando Rangiku recargó su cabeza sobre su hombro, a través de una mirada Yagari expresó todo lo que estaba pensando.

Y algún día, en un beso, le diría todo lo que estaba callando.

Notó el rubor sobre sus mejillas y eso, en cierto modo, le enterneció. Al notar que se acurrucaba aún más junto a él, procuró rodearla apropiadamente con los brazos, atrayéndola con cuidado. Si al menos así podía lograr que ella estuviera tranquila, se quedaría abrazándola hasta que se durmiese. Después de todo, él estaba acostumbrado a dormir poco y a pasar noches enteras en vela por motivos despreciables. Al menos, ahora perdería sueño por algo que valiese la pena. Yagari, intentando recoger todos los fragmentos que conformaban cada gesto, buscaba guardar en su memoria este momento. Agridulces recuerdos caían en su interior como la nieve, y eso sólo le generaba una dulce y melancólica nostalgia. ¿Cuándo fue la última vez que estuvo así, una noche de invierno, sosteniendo entre sus brazos a la persona que era más importante para él? Frunció levemente el ceño al recordarlo, y la expresión de Rangiku logró sacarlo de sus meditaciones. ¿Por qué lo observaba tan asombrada? ¿Acaso era tan raro verlo reír? De acuerdo, no era la persona más simpática sobre la faz de la tierra, lo entendía, pero tampoco era un ogro. Además, si reía, era culpa de ella. Rangiku Matsumoto era la única culpable aquí. Esa joven, inexperta e inocente cazadora que jugaba a ser estudiante era la única culpable de hacer de él alguien que, esta noche, merecía llamarse “dichoso”.

Cuando sus delgados dedos fueron a jugar con su cabello, otorgando allí diversas caricias, Touga la observó inclinando la cabeza. Cuando ella apartó la mirada, él también lo hizo, pero continuó mirándola de soslayo. Sus mejillas habían vuelto a enrojecerse. ¿Había él hecho algo que la incomodase? Su iris se clavó en ella, escrutándola cual soberbio felino al acecho, a la vez que su mano descendía desde sus rebeldes cabellos hasta su pecho. No sabía si era bueno o no ser un hombre de pocas palabras. Francamente, no podía hacer otra cosa más que mirarla, ensimismado, como quien observa un milagro sin poder creérselo, a pesar de que todas las pruebas estén allí, frente a sus ojos.
- ¿Ocurre algo? –inquirió al cabo de unos segundos, por fin. Su serio semblante se aproximó un poco hacia ella, y nuevamente acarició su cabello, siguiendo la línea del mismo hasta concluir en su mejilla. No obstante, su pronto comentario logró dispersar sus dudas acerca de su expresión tan tímida, tan aparentemente incómoda. El cazador entrecerró levemente su ojo, observándola minuciosamente-. Ya es tarde para que los niños sigan despiertos –mencionó, divertido a pesar de la seriedad con la cual lo dijo. Y cuando ella se rió al ver su cuchillo, Touga frunció el ceño-. ¿Qué? ¿Qué es tan gracioso? Apuesto lo que quieras a que jamás cortarás el pastel tan estupendamente como con eso –aseguró, completamente confiado en su arma. Lo único que no sabía era si el metal madre mejoraría o empeoraría el sabor de la tarta-. Eres una irrespetuosa, Matsumoto… -murmuró por lo bajo, simulando estar indignado. Pero, a pesar de ello, le dejó la libertad a ella para que hiciera con su mano lo que quisiera. Por eso mismo, se encontraba con la sorpresa de estar cortando el pastel cual matrimonio. Yagari no entendía mucho de esas cosas, y la verdad que poco le importaba. Pero tenía el suficiente conocimiento de mundo como para saber que así se hacía. Y, extrañado, la miró. Parecía una niña con un juguete nuevo; con una nueva diversión, denotada en sus ojos iluminados. Yagari sonrió de forma tenue, pero relajada-. No debería ayudarte –dijo, como si estuviera poniéndose a la altura de un juego de niños, caprichoso. Al tiempo, se inclinó hacia la mesa y colocó en otro plato otro trozo de tarta.

Observó con curiosidad las cucharas. Ah, ¿en verdad debería comerlo con eso? Miró de reojo a Rangiku. La verdad es que él tenía cero modales de mesa y siempre había sido bastante bruto en sus acciones. Era demasiado despreocupado por esas cosas, pues creía que no tenían importancia y no merecían el valioso tiempo que se podía implementar en otra cosa. Volvió su mirada hacia el pequeño plato. Bueno, tampoco era un inútil que no sabía comer con cubiertos. Claro que no. Tampoco era cuestión de pasarlo al otro extremo. Saber, sabía. El detalle estaba en que era más rápido y fácil si agarraba el trozo con la mano. Pero, al verla a ella tan delicada y sutil.. Suspiró, algo agobiado interiormente. Realmente no servía para esto. Él no estaba hecho para citas y esas cosas tontas llenas de cursilería. Ni siquiera en su plena juventud fue así, a pesar de que su madre siempre quiso hacer de él un “hombrecito refinado”. Tsk, qué pérdida de tiempo. Yagari era rudo, algo tosco, borde, malhumorado… Pero cuando quería, resultaba el hombre más suave y atento, aunque ni siquiera él se diese cuenta de ello. De hecho, ¿no había sido así durante toda la fiesta? Incluso cuando casi asesina a golpes a esos críos no abandonó su faceta protectora que tanto le caracterizaba, acentuando su caballerosidad para con Rangiku. Pero, aunque esto fuera evidente, siempre ganaría en él ese sujeto frío y reacio; terco y decididamente jodido, como todo buen cazador de su categoría. Como todo Yagari Touga debía ser.

Cuando ella le cedió la cerveza, una sonrisa se dibujó en sus labios, iluminando la zona enrojecida por los golpes de Shinji. Tomó la lata y la acercó a su rostro.
- Ahora sí que nos estamos entendiendo –murmuró, igual de fanfarrón que minutos antes. Gracias a esta belleza rubia había logrado dispersar de su mente la dicotomía mano-cuchara. No obstante, luego de dar un sorbo a ese deleite, escuchó el estornudo de ella. Touga alzó su ceja, sorprendido-. Hey –susurró, acercando una de sus manos a su mejilla, evaluando con la zona de los nudillos la temperatura de ella-. Has tomado mucho frío. ¿No deberías tomar algo caliente? –sugirió. Él podría ponerse en plan médico o sobreprotector, pero tampoco quería molestarla, pues ya había tenido suficiente dolor de cabeza por esta noche. De todos modos, echó una mirada alrededor, y chasqueó la lengua-. Deberían tener al menos una pava eléctrica –se quejó, pues si los huéspedes querían beber algo caliente, no podían, porque no había allí con qué calentar agua. Bebió algo más de cerveza, y al ver la expresión que ella puso con aquel té, no pudo evitar soltar una sonora carcajada esta vez. Quizás la única en lo que iba del año-. Te lo dije, y el que avisa no traiciona –comentó, burlándose de ella significativamente. De todos modos, a pesar de ello, estiró su brazo y le ofreció la lata que sostenía entre sus dedos. No parecía una chica bebedora, y mucho menos amante de la cerveza, pero no estaba mal hacer el intento. Enarcó una ceja, sugerente, incitándola a que pruebe, pero entonces vio esa curiosa y atrevida cuchara frente a su boca. Yagari se puso serio de repente. ¿Qué estaba insinuando? Y de pronto puso su ojo en blanco. Esto era una broma, ¿verdad? No podía estar hablando en serio-. No voy a hacer eso, Rangiku –dijo, sin quitar la anterior expresión de su rostro-. Estás loca –aclaró, por si no lo había entendido bien. Pero ella continuaba mirándolo así, tan ilusionada, tan malditamente adorable-. Rangiku.. –repitió, con la sombra invadiendo sus sutiles ojeras. Y acabó por suspirar, completamente resignado, cerrando su ojo sin remedio. ¿Quién lo mandaba a involucrarse con personas como ella? Parpadeó y la observó. Y, lentamente, acercó su boca a la cuchara y abrió sus labios, capturando el bocado. Se apartó suavemente, sin dejar de mirarla, y masticó suavemente. ¿Ahora estaba feliz? ¿Esto era lo que quería? Pero no le iba a salir gratis, desde luego. Yagari, sujetó el plato que aún estaba sobre la mesa y tomó un trocito con la cuchara. La miró y comenzó a acercarlo a su boca del mismo modo en que ella hizo. Pero, en cuanto ella, probablemente, fue a abrir sus labios para recibir lo que se le ofrecía, Touga hizo retroceder la cuchara y se lo comió él. Abrió su ojo enormemente, pudiéndose apreciar ese orbe celeste en todo su esplendor-. Mmm, ¡delicioso! –murmuró, exagerado, pronunciando marcadamente cada sílaba y acercando su rostro al suyo, competitivo, como quien refriega en la cara de otro el haber obtenido un excelente premio. Pero, tras efectuar aquel sarcástico gesto, acabó por reír, mirándola y apreciando su expresión. Negó con la cabeza, no pudiendo creer aún que estuviera metiéndose en su juego y, probablemente, ni siquiera pudiendo creer que él fuese capaz de actuar de tal modo. Cortó otro trocito con la cuchara y volvió a acercárselo a ella, sonriendo con calma, relajado-. Esta va en serio –aseguró, para que ella, confiada, se acercase. Esta vez sí iba a probar el pastel, después de todo era un obsequio para ella.
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Re: Baile de Navidad

Mensaje por Rangiku Matsumoto el Lun Mar 09, 2015 11:39 pm

If you only knew...

Mucho tiempo había ansiado estar así, aunque fuese de forma inconsciente. Un deseo que tan solo se reflejaba en algunos impulsos, en cada vez que iba tras él; actos que, aunque no llegase a comprender del todo el por qué de ellos, simplemente dejaba ser. Mientras seguía recostada sobre su hombro, acurrucada, sonreí levemente al sentir que me rodeaba con los brazos. No quería que me soltase nunca. Ahora entendía por qué no quería soltar su mano cuando estaba ingresada en el hospital; ahora entendía por qué me había parecido tan cálida, por qué me entristecí cuando él la retiró. Recordaba lo fría que se había sentido mi mano cuando la suya se separó. Suspiré, adormecida. Ahora comprendía que quería caminar de su mano, tan solo de la suya. Ahora podía entender por qué había podido pasar aquellas noches en las que él se había quedado en mi habitación sin sentirme incómoda, por qué cuando salí del hospital sentía aquel extraño vacío. Aquellas noches en las que me había costado tanto conciliar el sueño, en las que acababa apoyada en el alféizar de la ventana mirando hacia el cielo nocturno, nostálgica, sin saber qué echaba de menos; pero, fuera lo que fuese, lo añoraba, lo añoraba muchísimo, hasta el punto de esperar horas hasta que mi cuerpo decidiese olvidar el vacío que sentía en el pecho y pudiese dormirme. Y lo mismo hacía un par de semanas, cuando pensé que perdería la cordura tras lo ocurrido. Y quién lo diría, viéndome ahora, si me hubiese visto por aquel entonces. Tan relajada sobre su hombro al sentir el calor y el cariño que me transmitía, al sentir la seguridad que me otorgaban sus brazos. Dormiría así todas las noches que me restasen de vida. Él era todo lo que necesitaba para descansar tranquila, para que todo lo que me atormentaba se marchase por donde había venido. Era la cura para todos mis males y todas mis penas y, de la misma manera, yo me esforzaría por ser la suya.

Así, resguardada del mundo a su lado, el invierno parecía haberse marchado, tanto en el exterior como dentro de mi alma. Volví el rostro hacia él con pereza, captando aquella transparente mirada. Abrí un poco más los ojos en un gesto calmado pero, a su vez, conmovido. A la altura de la boca de mi estómago, todo lo que quería decirle se volvió a remover, alborotado por la intensidad de aquel iris, exigiendo su libertad fuera de mis labios. Pero, ¿cómo hablar? Mis cuerdas vocales no respondieron durante unos segundos, completamente paralizadas, pues todo mi ser se había quedado prendado de aquel simple gesto que tanto decía. Como si lo viese por primera vez, alcé tímidamente la mano hacia su mejilla, acariciándola con la yema de los dedos. Deslicé la mano hasta que toda la palma cubrió su mejilla, acariciándole suavemente con el pulgar, clavando mis pupilas en la suya. Cuando bajé la mano, volví a abrazarlo con fuerza. Quería decirle mil y una veces cuánto lo quería, cuánto deseaba que nunca que se fuese... Pero no me atrevía a romper el silencio que había formado parte de aquel momento tan único. Tan solo me permití sonreír cuando vi su expresión al verme sorprendida cuando rió, acabando por reír yo también de forma suave, achuchándole con cariño. No quería que aquella noche acabase nunca. No quería dejar de escucharle reír, de bromear, de mostrar aquella sonrisa socarrona. Quería ver todos los días a su mirada lucir así de limpia, transparente. No sabía cuan feliz me hacía con tan solo verle allí.

Le devolví una mirada algo azorada cuando sentí que me escrutaba de aquella manera. Mis mejillas se encendieron un poco más de tan solo pensar que si era posible que me pudiese leer la mente o saber de alguna manera qué era lo que se me había pasado por la cabeza. Dios mío, ¡moriría de vergüenza! Le sostuve la mirada como pude. Me sentía ínfima ante aquel precioso e imponente iris celeste; me sentía débil, vulnerable ante aquella mirada, como si mi cuerpo no me respondiese o no me quisiese responder. Tardé un par de segundos en reaccionar ante su pregunta, alzando levemente los párpados, como si acabase de salir de una especie de hipnosis. Sonreí aun con las mejillas ardiendo.- Que estoy muy contenta.- Respondí casi en un susurro, algo apurada por dentro ya que no quería sonar demasiado cursi o algo. Y él nuevamente acercaba su rostro al mío, acariciando mi pelo y mi cara de aquella forma. Cerré los ojos mientras la caricia continuaba, cual gato disfrutando de los mimos de su amo. Alcé los párpados y lo observé, divertida, ante su respuesta. Le saqué un poco la lengua como respuesta, con los ojos brillantes; no conseguiría mandarme a dormir tan fácilmente. O, al menos, eso planeaba, si no era que yo acabase sucumbiendo ante el sueño solita. Lo observé pensativa cuando defendió a su cuchillo, pensando en que quizás podíamos probarlo, pero cuando dijo lo segundo me quedé observándolo entre seria y algo triste. ¿Lo habría dicho en serio? No... ¿verdad? Bajé la mirada con expresión arrepentida.- Lo siento...- Murmuré, reprochándome el haber tenido que meter la pata tan pronto. Lo observé mientras me ayudaba, colocando en el otro plato un trozo de tarta. ¿Lo habría dicho en serio o había sido una broma? Lo había visto sonreír, así que me sentí algo más relajada, pero no del todo aun. Creía que era más bien lo segundo, pero...- Yo... etto...- Comencé a decir, dubitativa, pues no sabía muy bien cómo expresarme.- Yo... yo nunca he estado con nadie, así que...- Bajé la mirada, algo avergonzada.- Si hago algo mal o que te disguste no dudes en decírmelo, ¿vale?- Concluí, juntando las manos y doblando mis dedos pulgares entre sí, algo apurada. No quería que, por culpa de mi inexperiencia, le hiciera pasar por algo que le desagradase o que le sentase mal.

Sonreí ampliamente al verle aceptar la cerveza con aquella expresión fanfarrona. ¿Por qué, a pesar de la de veces que había visto aquella expresión en otras personas, tan solo a él lo veía tan atractivo con aquella actitud? Lo observé mientras le daba un sorbo, satisfecha de haber hecho algo bien, pero mi repentino e inoportuno estornudo tuvo que alarmarlo. ''Maldita sea, cuerpo, te he dicho que te portes bien.'' Dejé caer los párpados un poco cuando me tomó la temperatura, manteniéndome quieta para facilitarle la labor.- Puede...- Respondí, pensando en que me vendría bien algo de leche caliente. Pero si aceptaba, habría que bajar a la cafetería o algo, y no quería salir de allí ni tampoco que él se fuese. Tenía miedo de que algo nos esperara fuera de la habitación, como si pudiese oler nuestra felicidad y estuviese esperando a la mínima oportunidad para arrebatárnosla.- ¡Pero estoy bien!- Aseguré, tratando de mostrarme lo más convencida posible. Solo había sido un estornudo, ¿verdad? No había nada de lo que alarmarse. Por eso, cuando lo escuché quejarse de que no tenían nada allí, negué con la cabeza, quitándole importancia al asunto.- Estoy bien.- Aseguré. Y claro que estaba bien, y más después de escucharlo soltar una carcajada. Lo observé, perpleja. No me podía creer que aquella noche estuviese pasando todo aquello, toda esa serie de milagros sucesivos. Con ojos llenos de emoción contenida, lo abracé por los hombros, posando mis labios sobre su pelo, dejándole allí un beso.- Pero ha valido la pena que lo probase...- Murmuré, abrazándolo con fuerza durante un poco más, volviendo a sentarme bien al poco. Sus burlas, su risa... Dios, Karma, Universo... lo que demonios fueras, ¿cuánto te habías hecho de rogar para este milagro? Mientras sostenía la cuchara delante suya, divertida, miré con curiosidad la cerveza. ¿Me la estaba ofreciendo? Ladeé levemente la cabeza, observando aquella lata, pensativa. Nunca había bebido, por lo que no sabía si aquello me gustaría y, mucho menos, cómo me sentaría. Pero su reacción ante la cuchara me sacó de mis pensamientos, haciendo que acabase por reír levemente. Sabía que no aceptaría fácilmente, y tampoco le quería obligar... pero había querido gastarle la broma. Le saqué un poco la lengua, aun sonriendo, con los ojos brillantes, cuando me tachó por loca. Sí, claro que lo estaba; lo estaba por él. Me sorprendió ver que finalmente accedía a aquello, así que le ofrecí el trocito con todo el cuidado posible, mirándolo ilusionada. Claro que no sabía que se vengaría de mí tan rápido. Me sorprendió cuando fue a hacer lo mismo e, ilusionada, me acerqué a él y abrí la boca para aceptar la tarta con ilusión, pero acabó tragándosela él. Lo observé, aparentando indignación mientras él acercaba su rostro al mío, restregándome su victoria. Sonreí, divertida, mirándolo con cariño al verlo reír de nuevo. Lo miré con fingida desconfianza cuando me acercó el segundo trocito, pero la verdad era que no podía esconder mi sonrisa. Finalmente, acabé por abrir la boca y coger el bocado, abriendo al máximo los ojos. ¡Sí que estaba bueno!- ¿De dónde lo has sacado? ¡Está muy bueno!- Dije, mirándolo entusiasmada.

Pero un nuevo estornudo me hizo girar la cabeza hacia un lado. ¿Otra vez? Dios, maldito frío. Lo miré algo temerosa de que decidiese que era hora de que me metiese en la cama o de que iría a por algo caliente, así que actué lo más rápida que pude con la primera idea que surcó mi mente. Veloz, me levanté con energía del sofá y me dirigí hacia la cama, sacando tras forcejear un poco la primera manta que cubría la cama. ''Cómo pesa...'' La llevé con algo de trabajo hasta el sofá y, una vez allí, se la eché primero por encima a Yagari y luego me volví a sentar yo, arropándolo con cuidado para luego hacer lo propio conmigo. Me volví a acurrucar en su hombro y sonreí.- Así el frío ya no es un problema.- Sentencié, satisfecha. Lo malo era que con la calorcita que daba la manta y la que desprendía el cuerpo de él, me acabase quedando dormida. ¡No iba a permitirlo! Cuerpo, ¡esta vez te portarías bien!

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I'd sacrifice my beating heart before I lose you.
Breathe your breath in me.
The only thing that I still believe in is you.
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Re: Baile de Navidad

Mensaje por Yagari Touga el Sáb Mar 14, 2015 5:55 pm

Quizás todo lo que había necesitado este tiempo era sentir aquel calor, aquella suavidad de sus manos al tocarle con timidez y delicadeza. Siempre había estado solo por propia voluntad, y de repente se encontró de frente con sus esquemas completamente resquebrajados, y aunque podría decir que la única culpable de ello era Rangiku Matsumoto, sería un hipócrita si no se culpase a sí mismo también. Después de todo, él fue quien permitió que ella entrara, tocando a la puerta de su muralla tímidamente. Él acabó por abrirle la puerta de un modo u otro, creyendo que al otro lado sólo estaba la pequeña brisa de alguien inexperto, inseguro, que necesitaba aferrarse a alguien que pudiese entrenarlo en el oficio de ser cazador, otorgarle nuevos conocimientos y mostrarle cómo defenderse. Pero, iluso, completamente seguro de sí mismo en vano, no se percató de que esa simple brisa que acarreaba esa persona junto a sí era, en verdad, una turbulenta tempestad. Y arrasó. Arrasó con todos sus proyectos y objetivos solitarios, fríos, indómitos. Arrasó con sus ideales rígidos para moldearlos con su candor. Ella ya no significaba para él una simple existencia más que debía proteger, pues se había vuelto algo más. Y temía por lo que pudiese significar ese “algo”, del mismo modo que temió, por un instante, el estar volviéndose demasiado blando, bajando la guardia por el simple hecho de estar con ella y no querer ser un ogro. Pero, luego, comprendió que eso no cambiaría. Y que quizás un sentimiento como este, tan inusual en él y que, ciertamente, creía inalcanzable y enterrado en lo más íntimo, podría hacerlo más fuerte, porque ahora toda su pasión, su sentido protector y determinante, así como su destreza y sagacidad al cumplir con sus obligaciones, estarían impulsados por el deseo de querer atesorar algo; de querer proteger a toda costa aquello que podía reclamar como suyo aunque no tuviera derecho a ello. Porque, si de algo estaba seguro, era que a partir de aquí sólo existirían problemas; problemas bañados en la más cálida dulzura. E iba a correr todos los riesgos, porque ya no había vuelta atrás. Ya no podía frenar lo que sentía, lo que ella le hizo sentir a lo largo de todo este año desde el momento en que se conocieron en esa fiesta, hasta la primer charla que compartieron en la cafetería. No podía borrar las noches en vela en el hospital, a su lado, donde finalmente comprendía que no se había quedado con ella por “deber u obligación”, como solía decir tras adjudicarse la culpa de su estado, pues la decisión de estar a su lado había acabado por ser propia necesidad, propia determinación por hallar aquello que siempre, de un modo u otro, acababa guiándolo hasta ella, invadiendo sus pensamientos, preocupándolo hasta lo desmesurado. Y ahora, también, sabía por qué no podía estar con Rose. Y, aunque lo problemas lloviesen y él acabase siendo otro imbécil impulsivo y tempestuoso como Damaru, protegería a Rangiku a toda costa, bajo cualquier precio, aunque ese deseo acabase con su propia cabeza en una bandeja de plata.

Pensar en ello le alarmó. No se había dado cuenta de hacia dónde lo habían guiado sus deseos y sus anhelos: hacia un rumbo sin retorno. La abrazó un poco más fuerte, encerrándola con sus brazos como si temiera que ella fuera a escaparse. Y salió de su ensimismamiento gracias a que ella habló, rompiendo el silencio. ¿Estaba contenta? Parecía tan sencilla la felicidad entonces. Pero ésta costaba ser alcanzada, y este minuto de la misma bastaría para recordar que, al menos, hubo una noche que valió la pena todas las tragedias. Yagari notó el rubor de sus mejillas y, aunque ya había comprobado que no tenía fiebre, se sentía extrañado. Por alguna razón, recordó la noche del hospital en donde percibió la misma tonalidad rojiza y también corroboró que no estuviera levantando temperatura. Pero si aquel no era el motivo, entonces… ¿cuál era la razón? Y sonrió con suavidad, observándola, a la vez que una idea cruzó su mente. Parecía encontrarse algo avergonzada, azorada. Y sus posteriores palabras acabaron por confirmar sus sospechas. Mientras él había decidido abrazarla un poco más, escuchaba atento sus palabras. Su mirada fue a parar a la de ella. ¿En verdad se estaba disculpando por eso? Él sólo había bromeado con ese comentario, y no esperaba que ella fuese tan… sensible. Aunque, a decir verdad, era algo que ya sabía con apenas haberla visto el primer día. Pero jamás buscó incomodarla con aquello que dijo. Sin embargo, por cada sílaba que ella pronunciaba, la mirada de Yagari se ensanchaba más y más, reluciendo en todo su esplendor aquel iris cristalino. Absorto por el valor de ella al decir algo así, se quedó mirándola, algo estupefacto. Pero, rápidamente, sujetó su mentón para que no bajase la mirada. Su semblante volvió a la normalidad, adoptando una expresión enternecida y algo conmovida. De algún modo ya lo sabía. Había podido notarlo en la forma en que lo besó allí afuera. Y ahora que comprobaba sus suposiciones, tan sólo lograba que se volviera más adorable e intocable ante sus ojos.
- No deberías preocuparte por esas cosas –susurró con sinceridad y quietud-. Todos estuvimos en ese lugar alguna vez. Sólo procura ser tú… y luego todo lo que debas aprender llegará con el tiempo –concluyó a la vez que encerraba su rostro entre ambas manos. Suspiró con suavidad, pensativo. Como adulto que era, conocía perfectamente las cosas que a ella le atemorizaban. Y no necesitaba ser una mujer para darse cuenta de ello. Así que se limitó a sonreír de nuevo y a prestarle atención al pastel. Quizás los miedos de Rangiku estuviesen abalados por ver a Yagari más complicado de lo que era cuando, en verdad, él era una persona demasiado sencilla. No tenía que preocuparse por esas nimiedades, no al menos con él.

Cuando ella lo abrazó y depositó aquel beso sobre su cabello, la mirada de Yagari la siguió como si se tratase de la de un niño. Volvió a rodearla con los brazos, notando lo menuda que era, lo delgada y pequeña que era su cintura. Apoyó una de sus manos en su espalda y la miró, sonriendo con sutileza. Aunque dijera que estaba bien, tal vez le vendría bien descansar y componer los nervios que pasó. Probablemente, si no hacía eso, sumado al frío, acabaría por enfermarse. Pero, como siempre, antes de que pudiese replicarle algo, ya se encontraba desvirtuando sus pensamientos con sus gestos y acciones, así como sus palabras. Tras hacerle la pequeña broma del pastel, finalmente le permitió a ella que lo probase. Quizás aún estaba algo pendiente de su repentino ímpetu al bromear con tal libertad. Y, al ver los ojos iluminados de ella tras sentir el sabor dulce en su paladar, acarició con suavidad su mejilla, algo enternecido.
- Ah, es un secreto –sonrió de lado y se dispuso a llevarse a la boca otro trocito. Y repitió la acción unas dos veces más, quedándose pensativo-. Uhm, en verdad lo está –confirmó. Quién diría que simpatizar con los cocineros de este lugar tendría sus frutos. Pero, no había bien que por mal no viniese, y entonces Rangiku estornudó de nuevo. Yagari la miró, a punto de replicarle algo, pero ella, revoltosa e inquieta como siempre, huyó antes de que pudiese decirle nada. Touga acabó de comer el pastel y dejó el plato sobre la mesita. Suspiró. Se acabaría enfermando. Y lo peor era que cada vez hacía más frío afuera. Podía notarse cómo los cristales de las ventanas se empañaban un poco a causa de la diferencia de temperatura. Y cuando ella volvió, sorprendido, admiró lo que hacía. ¿Cómo podía ser tan cabezota? Necesitaba dormir, descansar, abrigarse… y creía que con una manta lo arreglaría.

Touga negó con la cabeza al cabo de unos minutos, mirando hacia otro lado, riendo de lado y llevándose la mano fugazmente al mentón, rascándolo un poco.
- Eres terrible –acotó, como conclusión tras evaluar su comportamiento-. No creas que esto te salvará de que te mande a dormir pronto –aseguró, mientras notaba cómo se acurrucaba, cual pequeño animal extraviado, en su hombro-. Pero, antes… -tomó su mentón con una mano, efectuando esa acción como tantas veces antes, y acercó su rostro al suyo. Estaban a unos escasos centímetros, como ocurrió allí afuera en medio del blanco bosque. Yagari perdió su mirada en ella por unos momentos, escrutándola, penetrando sus negras pupilas con la suya. Esta vez iba a ser diferente. Esta vez, él sería quien la besase. Por eso, se aproximó más y más, hasta que finalmente sus labios se unieron a los suyos, abriéndose paso entre los mismos, atrapándola en un beso suave pero intenso a la vez. Deslizó la mano que tenía sujetando su mentón hasta su nuca, aferrándola con cuidado y determinación. Parpadeó con lentitud, hasta permitir que una fina línea azulina quedase a la vista. Cualquier palabra anterior, cualquier gesto, cualquier sonrisa, estaban siendo arrasadas por ese beso,; al menos así lo sentía Yagari en su interior, como si el simple contacto tuviese un efecto potenciador sobre todo lo demás. Este era el segundo beso de ambos, y podía advertirse la diferencia entre ambos; la distancia entre la inocencia de ella y la experiencia de él; entre su fragilidad y sus deseos de protegerla.
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Re: Baile de Navidad

Mensaje por Rangiku Matsumoto el Vie Mar 20, 2015 11:25 pm

Sabía que, a partir de aquel instante, nada sería igual. Una vez cruzada la línea, ya no se podría volver atrás. Había cruzado el umbral al que tanto tiempo llevaba observando, el portal al que tantas veces había llamado, esperando que alguien abriese la puerta. Había entrado dentro de aquella coraza, de aquella fortaleza, aparentemente gris y fría por fuera... pero tan, tan cálida por dentro. Y no quería que siguiese estando más tiempo a oscuras. Quería recorrer entera aquella fortaleza, abriendo todas y cada una de sus ventanas, dejando que la luz del sol volviese a llenarla de vida, de calor, alejando a los fantasmas que se escondían en la oscuridad de cada esquina. Sabía que, una vez había entrado, yo ya pertenecería a aquel lugar; y, si algún día era expulsada de allí, me encontraría completamente perdida y sin un sitio al que volver. Sabía que quedaría hecha pedazos y sin arreglo, como una pieza de cristal que cae al suelo y se hace añicos. Sabía los riesgos que aquel sentimiento conllevaba. Sin dudar un instante, podía afirmar que se trataba del sentimiento más devastador y letal que podía sentir una persona; la intensidad de las emociones era tan desmesurada que todo dolía mil veces más. Por amor se habían cometido los más crueles asesinatos, se habían quitado la vida un sinfín de personas, tal y como nos querían hacer ver las tragedias que se representaban en el teatro, en el cine... Vivimos advertidos del peligro que supone enamorarse, pero aun así, nos arriesgamos. Nos ofrecen una hermosa rosa y la aceptamos sin mirar hacia abajo, cogiéndola sin cuidado, a pesar de saber que debajo está plagada de espinas. Y todo aquello, ¿por qué? ¿Por qué el ser humano, racional que se dice que es, decide el camino más doloroso? Sonreí, respondiéndome a mí misma de que yo ya tenía la respuesta delante. Al igual que las emociones negativas, las positivas se incrementaban de la misma manera. No había suficientes palabras, ni aunque buscásemos en todos los idiomas de la Tierra, para describir qué se siente al ver a la persona amada reír. Todo dolor, todo sufrimiento... todo aquello valía la pena por momentos como ese. Y aquel recuerdo se había instalado en mi alma como si se tratase de alguna especie de talismán. Si algún día no veía la salida, si algún día sentía ganas de rendirme, tan solo bastaría rebuscar en mis recuerdos y allí encontraría la razón para seguir de pie.

Noté que me abrazaba con algo de más fuerza. Lo observé fijamente, ladeando un poco la cabeza, curiosa. Como respuesta, también lo abracé con un poco de más fuerza, sonriendo ampliamente, aun con las mejillas despidiendo calor. Era tan... único. Aunque cada persona en el mundo fuese inigualable, aunque no hubiese dos iguales... Él tenía algo que jamás había visto en otro. Y no sabría decir qué era ni cuándo había comenzado a notarlo... Tan solo podía estar segura de una cosa, y era que quería estar a su lado fuera como fuese. Bajé un poco la mirada al percibir su mirada estupefacta cuando dije aquello. ¿Qué? Era... Tan solo era la verdad. No tenía experiencia alguna y no quería fastidiarla a la más mínima, diciendo algo inapropiado o haciendo algo que... Bueno, meter la pata en general. Algo sorprendida por su reacción, tardé un poco en fijar mi mirada en la suya cuando me hizo alzar el rostro hacia él, volviendo a perderme en el azul de su iris. Abrí completamente los ojos cuando vi aquella expresión enternecida; sentí como si yo misma me conmoviese, como si se me contagiase su estado de ánimo. Sonreí tímidamente, sin saber aun cómo había reunido el valor suficiente como para confesarle eso: él era el primero, y esperaba que el único, que me había hecho sentir así; el único que podía hacerme perder la cordura al más mínimo roce de su mano sobre mis mejillas.- Gracias...- Murmuré, algo avergonzada, a la vez que se me escapaba una nueva sonrisa azorada. Cuando sus dos manos atraparon mi rostro, alcé las mías, colocándolas sobre las suyas, como si le quisiera decir que no quería dejar de sentir su tacto nunca.- Quiero aprender pronto para hacerte feliz y... aunque sea complicado... no darte más dolores de cabeza.- Confesé, bajando un poco la mirada para poder conseguir soltar aquello. Dirigí también mi mirada hacia aquel sencillo pastel que tanto simbolizaba.- Si quieres... podemos probar a cortarlo con tu cuchillo.- Musité en voz algo baja, como si me diese vergüenza el hablar, estando tan reciente el tema anterior.

Me gustaba el olor de su pelo. ¿Sería el del champú del hotel? Bueno, qué más daba: era su pelo, y con eso bastaba para que me gustase. Ya casi lo tenía prácticamente seco, pero se escapaban algunos mechones que seguían manteniendo algo de humedad. Los acaricié con cariño antes de volver a tomar asiento, cerrando los ojos al sentir sus brazos rodeando mi cintura. En momentos así notaba lo pequeña que era, y más a su lado. Cuando volví a sentarme, volviendo a apoyar la cabeza sobre su hombro, aprecié lo ancho que éste era y lo fuertes que eran sus brazos. La verdad era que si quisiera quebrarme cual ramita seca, podría hacerlo sin problema alguno. Claro, en mi mente aquella escena podría parecer hasta cómica, pero en la realidad no creía que fuese muy agradable. Me quedé observando durante unos segundos el pastel, pensativa. ¿Por qué mi imaginación estaba tan alborotada y activa? Volví la mirada hacia él, observando su expresión, perdiéndome en cada uno de sus rasgos. Sonreí ensimismada: estaba claro que todo era su culpa. Aquella felicidad y aquel momento cálido y despreocupado eran obra suya, de aquel maravilloso don que tenía para devolverme siempre la sonrisa. Y, de la misma manera en la que me la daba, me la podía quitar con toda facilidad. Mis emociones pendían de sus manos; hacía tiempo que yo ya no me pertenecía, sino que era entera de su propiedad, aunque hubiese hecho falta golpearme mil veces la cabeza para darme cuenta. Y es que era la primera vez que me sentía así con alguien, incluso contando a Ichigo. Quizás allí se encontraba la diferencia entre un amor platónico, no correspondido, en el que todo se trataba de una simple ilusión, a un amor más sólido y correspondido, sufrido y construido por dos corazones que se negaban a dar explicaciones de lo que decidían. Y quería seguir cuidando aquel sentimiento que se había atrevido a nacer contra viento y marea, desatando todas las tormentas y desafiando todas las leyes que nos querían imponer. Quería cuidarlo siempre, aunque sabría que en más de una ocasión aquello sería difícil por el deber de ambos; pero difícil no implica que sea imposible, y si algo tan preciado era capaz de nacer en aquella situación, en aquella tierra hostil y yerma... ¿cómo podría tener la desfachatez de no atesorarlo como lo más grande de mi vida? Quería que él mantuviese aquella mirada transparente siempre, que esbozase todos los días una sonrisa como aquella. Si realmente la vida tenía un sentido y todos nacíamos con un propósito, el mío era sin duda alguna el velar por aquel hombre a toda costa y de conseguir que se sintiese el más dichoso del mundo. Cerré los ojos ante su caricia, sonriendo, divertida, cuando se guardó el secreto de la procedencia del pastel. Lo observé felizmente mientras lo veía disfrutar del dulce. Si realmente le gustaba, tendría que averiguar de dónde lo habría sacado, así se lo podría dar en más ocasiones. Pero aquella tranquilidad no podía mantenerse así, ¿no? ¡Pues no iba a consentirlo! Tenía que aprender a ser más fuerte, y más si quería cuidarlo.

Sonreí, satisfecha, al echarnos la manta por encima. Sabía que no era suficiente como para hacer que evitase un posible resfriado, pero quizás sí era lo necesario para derretir un poco el frío que se había instalado en nuestras almas allí fuera, en mitad de aquella tormenta de nieve y emociones. Mientras tenía la cabeza sobre su hombro, con una mano seguía arropándolo, asegurándome de que estuviese bien abrigado. Cada movimiento era ejecutado con el más sumo cuidado y cariño, con una mirada ilusionada, prendada de aquella situación. Finalmente, volví a colocar la mano sobre su pecho cuando terminé con la tarea, escuchándolo reír mientras miraba a otro lado. Sonreí al verlo, aunque fingí indignación ante sus comentarios; y como lo mío no era actuar ni mentir, la sonrisa volvió a escaparse, haciendo que lo volviese a achuchar. ¿Y no valía que durmiese ahí, en el sofá? Aunque... bueno, para mí, con mi tamaño, no me era un problema; pero quizás, para él, el sofá no era el lugar más propicio para poder dormir sin después levantarse sin tener un terrible dolor de espalda. Suspiré, resignada; al final tendría que obedecer sin rechistar, y más que, tras haber echado aquella manta, estaba algo adormilada debido al calor que mantenía debajo. Escuché sus siguientes palabras con intriga, dejando que alzase mi rostro hacia el suyo sin oponer resistencia. ¿Por qué hacerlo? No había nada más que me confortase tanto el alma que verlo tan contento. Sonreí tímidamente cuando volvió a acercar de aquella manera su rostro al mío, tal y como había hecho rato antes; pero conforme la distancia se acotaba, la sonrisa se iba difuminando para dejar paso a una expresión embelesada. De nuevo volvía a sentir su cálido aliento entibiando mis labios, su intensa mirada atrayéndome cual imán. ¿Sabría cuánto poder tenía sobre mí? El corazón se me disparó cuando sus labios rozaron los míos, a la vez que mis párpados descendieron hasta cerrarse. Aunque yo hubiese sido la que tomó la iniciativa en el bosque, en aquel instante estaba aturdida, hipnotizada por la situación. Sin embargo, en aquel instante era plenamente consciente del sabor de sus labios, endulzados aun más por el pastel; era consciente del tacto de su piel, de la suavidad y el cuidado que había puesto en aquel beso y de la pasión que éste encerraba. Y, sobre todo, era consciente de mi inexperiencia. Aunque cuando su mano aferró mi nuca el interruptor de mi consciencia se apagó, la vergüenza y el miedo a no saber qué hacer seguían levemente latentes. Le correspondía al beso como podía, siguiendo con suavidad el ritmo que dictaminaban sus labios. Lentamente, desplacé la mano que tenía sobre su pecho hacia su pelo, pero ésta no tardó en caer suavemente, deslizándose hasta la base de su cuello. Me sentía agradablemente débil, vulnerable y a la vez protegida entre sus brazos. Y, sobre todo, completa y absolutamente suya. Yo ya había perdido toda propiedad sobre mi persona, pues le pertenecía enteramente a él. Alcé con suavidad el otro brazo, rodeando su cuello, aun con las mejillas encendidas y el corazón a cien o más por hora. Una mano temblorosa acarició con suavidad su cuello por detrás; sentía los mechones más largos hacer cosquillas sobre el dorso de mi mano. Volví a alzarla, dejando que mis dedos se enredasen entre aquel rebelde pelo negro.

Dios, no sabía hasta qué grado le pertenecía.

Seguí con los labios pegados a los suyos, embriagada por su cálido aliento. Piel con piel, articulé un mudo ''te quiero'' sobre su boca, sin emitir sonido alguno. Posiblemente, el único sonido que se pudiese apreciar de mí era el de mi acelerada respiración o, si se pegaba el oído sobre mi pecho, el de mi corazón.
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Re: Baile de Navidad

Mensaje por Yagari Touga el Dom Abr 05, 2015 9:24 pm

Las palabras habían quedado en el aire. Los últimos rastros de sílabas dichos por ella, fueron acallados, silenciados. Ya cualquier voz presente allí dentro, sobraba. Incluso, ¿a quién mierda le importaba el pastel ahora? Touga estaba rozando, con sus manos, una vez más, aquel pequeño gran paraíso. Y se sentía tan auténtico, tan verdadero… que no sabía si lo que experimentaba era miedo o felicidad. O tal vez un poco de ambos, porque así como no hay mal que por bien no venga, tampoco existía la efímera alegría sin el riesgo de perderla. Y él, particularmente, sentía a cada segundo que se le escurriría entre las manos. Incluso desde antes de poder tocar sus labios por primera vez, de atreverse a decirle la verdad en aquel bosque helado. Incluso desde su primera charla en la cafetería de la Academia, ella había movilizado algo en su interior. ¿Qué habrá sido? Touga creía que aún no podía hallar la respuesta, pero mientras más se esmeraba en buscarla, más olvidaba que la tenía justamente allí, frente a él, entre sus brazos, observándolo de aquella manera tan transparente y pura; atravesándolo con esos ojos capaces de doblegar al más fiero de los hombres. Porque no le quedaba dudas de ello: lo había doblegado a él. No existían sobre la faz de la tierra muchas personas que hubieran logrado eso. Tan sólo dos. Y Rangiku Matsumoto era una de ellas.

Las mantas que ella había acomodado con dedicación, otorgaban una calidez reconfortante. Más aún en esta fría noche. Yagari rodeaba su cintura con un brazo ahora, mientras que la mano que le quedaba libre recorría, con sutileza, el contorno del rostro de la joven, hasta llegar a la base de su cuello y descansar allí por unos momentos. Ella había alzado tímidamente su mano. Una extraña ternura le embriagó. Podía sentir la vergüenza, la timidez, la inseguridad de aquel gesto. Hasta que finalmente, de alguna manera, pareció comprender que del mismo modo en que él la abrazaba, también quería ser abrazado. Ya no valía la pena titubear, después de todo. ¿Verdad? No aquí dentro, al menos. Y cuando la lluvia de pensamientos relacionados con el hostil mundo externo llegaron, Yagari maldijo por dentro. ¿Por qué justo en ese momento, donde estaba siendo feliz por primera vez en mucho tiempo? Ah, seguramente era por eso: el miedo, la otra cara inseparable de esta moneda. Aún así, a pesar de ello, Yagari continuó atrapando sus labios, poseyéndolos, quebrantando cada ley, cada orden, cada límite posible… por si no había quedado claro ya que nada le importaba más en este momento. Entreabriendo sus labios para envolver los suyos, buscaba guiarla suavemente. Quizás su inexperiencia se traducía más en el leve temor que ella transmitía que en otra cosa. Por eso, quería que se sintiera cómoda; que estuviera tranquila junto a él, porque él jamás le exigiría algo que ella no pudiese dar; jamás la obligaría a nada, y tal vez buscaba transmitirle aquello mediante sus actuales gestos, porque realmente necesitaba sentirla cerca, para sentirse vivo, para sentir que algo valía la pena en este pueblo desdichado.

Para creer que había una pequeña luz de esperanza para él, en algún lado.

Luego de presionar sus labios con los suyos de aquella forma tan suave pero posesiva, estaba decidido a romper el silencio. Aunque quisiera obviar las preocupaciones, en su mente persistían. Pues, hace nada, mediante una Asamblea en la Asociación, habían decidido que él finalmente asumiría la completa responsabilidad de ser el Presidente de la misma, pues de algún modo lo había sido en todo este tiempo, pero faltaba aquella formalidad. Y él detestaba las formalidades de ese tipo, pues hubiera preferido continuar haciéndose cargo de los asuntos mientras alguien más se lucía como el Líder. Lo suyo era ir por lo bajo, mover los hilos y solucionar problemas de esa forma, porque le rompía soberanamente la paciencia tener que asistir a reuniones, perder el tiempo de esa manera ocupándose de nimiedades porque, como ocurría en la mayoría de las organizaciones, el Líder ponía la cara y el resto se ocupaba de acomodar sus asuntos. Sin embargo, él se aseguraría, ahora, de que las cosas no fueran así. Si los pocos cazadores leales que quedaban le habían otorgado su confianza y, a su vez, confiado sus vidas y armas, ¿cómo podría darse el lujo de estar tan tranquilo y dejarles todo el trabajo sucio a ellos? Esa sería una actitud jamás digna de un hombre como él. Yagari Touga jamás había sido un cobarde, y mucho menos lo sería ahora. Por eso, por toda esta cuestión que se apoderaba de sus nervios y preocupaciones, quería hablarle a ella, decírselo. Porque, sin duda, sería mucho más peligroso en la presente situación. Si Yagari ya tenía suficientes enemigos, ahora estos comenzarían a llover sobre su cabeza. Querrán destruirlo a toda costa, y junto con él querrán llevarse lo que más aprecia. Nunca se tuvo suficiente conocimiento acerca de ese aspecto, ya que siempre había sido un tipo por demás de reservado y solitario. No obstante, “el que busca, encuentra”, y los desertores buscarían sin cesar hasta dar con sus debilidades. Y, aunque le pesase asumirlo, la mayor de ellas –quizás la única- estaba frente a él en este momento, entre sus brazos, otorgándole su calidez, su dulzura y, de algún modo, confiándole su vida del mismo modo en que lo hacían el resto de sus hombres. Eso era, de seguro, un peso muy grande, un gran riesgo, por eso nadie podía conocer este nuevo lazo que se había forjado en medio de todo este desastre. Nadie podía saber del afecto que el Presidente le guardaba a aquella chica; a aquella alumna suya y, a su vez, cazadora de sus filas. Tenía que resguardarla, atesorarla, pero mientras más consciente era de ello, más le costaba alejarse. Porque aunque supiera que estaba arrastrándola a esto, a los problemas, comenzaba a creer que era lo suficientemente egoísta como para no dejarla ir, y quizás se justificaba esta actitud suya en su propia determinación: no permitiría que le pusiesen una mano encima; no la dejaría morir, ni siquiera aunque esto significase entregar su propio pecho a las balas.

Estaba a punto de decírselo. Quería que lo supiese, porque detestaba el hecho de sostener esa responsabilidad solo. Lo que hubiera podido hacer con facilidad antaño, ahora se le hacía sumamente pesado, y todo se lo debía al temor, a la incertidumbre, a decidir tomar riesgos que podrían terminar en la peor de las tregedias, y él ya había tenido suficiente de ellas –o al menos eso creía- aunque, pensándolo bien, nunca nada es suficiente en un pueblo como este. No obstante, cuando estuvo a punto de separarse de sus labios para hablar, ella murmuró aquel callado “te quiero” contra sus labios. Aunque el silencio fue el transmisor de las mismas, era imposible no poder advertirlas mediante aquel tacto; mediante aquel suave contacto. Yagari abrió su ojo de golpe, pero de todos modos el movimiento de su párpado fue lo más sereno que pudo. El impacto de aquellas dos simples palabras que nadaban en la quietud, se reflejó en su oscura pupila. ¿Por qué..? ¿Por qué tenía que decir aquello? ¿Por qué cada segundo se lo volvía más difícil? No había mucho que hacer ni pensar respecto a lo dicho, pues él también la quería, y comenzaba a sospechar que lo hacía con locura a pesar de reprimirse tanto, ya fuera en sus demostraciones de afecto como en sus palabras. Rangiku no hacía más que alimentar la llama de su pecho, una llama que pronto se convertiría en un incendio que ni siquiera ella podría apagar. Y ahí, en ese instante, todo estaría perdido por completo. Touga ya no encontraría medio alguno para actuar por su cuenta, egoístamente, temerario y arriesgado, porque ella estaría tirando de sus cadenas. Y él no podía permitir eso. No podía arrojarse, simplemente, a este sentimiento, aunque todo confluyera para fundirlo en él. Sin embargo, a pesar de conocer sus obligaciones y discernir entre lo que debía y no debía hacer, ahora no podía evitarlo. Se separó un poco de ella, lo mínimo como para aún sentir su respiración sobre su rostro, cerca. Enmarcó el suyo con ambas manos, cubriendo sus mejillas por completo. Lentamente, dejó ver el destello celeste de su iris otra vez, en un lento parpadeo, escrutando el interior negro de las pupilas de ella. No podía. No podía decir palabra alguna. No podía escupirle todo lo que le preocupaba, la cantidad de peligros que se avecinaban, las ácidas sospechas que giraban en torno a los desertores… No podía arruinar este momento con nada de aquello. Por eso, cerró su ojo otra vez. Haciendo descender una de sus manos hasta su cintura otra vez, procuró rodearla, acercarla a él con anhelo, con la desesperación de alguien que siente que está a punto de perderlo todo, incluso cuando aún no lo tiene. Apretó un poco su mano contra su mejilla, sosteniendo su rostro con firmeza. Pegó su frente a la suya, y otra vez yacía en su rostro aquella dolida expresión que mostró horas antes allí afuera.

“Por qué… ¿por qué me haces esto?”

Y, finalmente, no se contuvo. En un rápido y certero movimiento, se inclinó sobre ella y aprisionó suavemente su cuerpo debajo del suyo. Lo único que los separaba era la manta que ella había utilizado para mantenerlos cálidos a ambos, pues mediante aquel brusco y repentino movimiento, Yagari se deshizo del abrigo de la misma, mientras Rangiku permanecía aún segura del frío bajo ella. El cazador apoyó una rodilla en el sofá mientras que la otra pierna permanecía extendida, de modo que su pie tocaba el suelo. Su mano continuaba fija en su blanca mejilla, mientras su ojo la observaba con la frialdad de un iceberg paradójicamente encendido. A pesar de la cercanía, su enorme contextura estaba lejos de tocarla. El aire formaba una leve línea divisoria entre ambos, reforzando el límite de la manta.
- No tienes que aprender nada “para hacerme feliz” –repitió las palabras que ella había dicho anteriormente-, porque naturalmente ya tienes ese don –murmuró, esta vez contra sus labios, justo antes de besarlos otra vez. La suavidad de los mismos ya se había vuelto un vicio, y temía que este superara su adicción al tabaco. Porque si eso ocurría, entonces definitivamente estaría perdido. Mirándola aún con pasión contenida, dejó un leve espacio en su boca y la suya, para respirar sobre ella y sentirla una vez más, contemplarla en silencio, antes de volver a hablar:
- A dormir –determinó, serio, severo. Se levantó y sin pedir permiso alguno la levantó en brazos, aún envuelta en la manta cual capullo de futura mariposa. Aunque ella se quejase y patalease, no le importaba. Estaba enfriándose allí. Había padecido mucho allí afuera, y necesitaba descansar. Se encaminó con ella, sujetándola bien fuerte, hasta la habitación. No pudo evitar recordar, en ese momento, aquella noche nefasta donde ella casi muere, presa de una herida que hacía correr su sangre lejos, empapando sus brazos. La llevaba del mismo modo, desesperado, y le consolaba advertir que esta calma era igual de verdadera que aquella desesperación. Y, una vez atravesó la puerta de su cuarto, la sentó en la cama y deslizó las mantas. Sujetó las piernas de la chica y las subió, para luego cubrirla con las sábanas y frazadas, y así obligarla a permanecer allí aunque no quisiera. Touga se llevó ambas manos a la cadera y suspiró. Estaba hecho, y no aceptaría queja alguna. La miró con seriedad por un rato más, pero acabó por aflojar la dureza de su semblante. Sonrió levemente y se arrodilló a su lado, recargando ambos brazos sobre el colchón-. Que descanses –susurró, y se inclinó hacia ella para besar con suavidad la comisura de sus labios, en un gesto quizás algo inocente e infantil. Se puso de pie y dejó caer su mano sobre su cabeza, alborotando un poco el azabache cabello de la joven-. Yo cerraré la puerta, y deslizaré la llave bajo la misma para que mañana la encuentres, ¿de acuerdo? –dijo justo antes de retroceder varios pasos y tocar la perilla de la luz-. Buenas noches, Rangiku –musitó su nombre, otra vez, como pocas veces solía hacerlo, pues siempre era demasiado formal con ella. Pero, esta noche, todo había sido demasiado diferente.

La luz de la habitación desapareció. La puerta de la misma fue cerrada desde el otro lado, dejando apenas una endija de luz. Yagari se encargó de arrojar a la basura las botellas vacías y de guardar en la pequeña nevera lo que quedaba de pastel. Una vez acomodado aquello, se dispuso a marchar pero se detuvo al ver su abrigo sobre el sofá. Sonrió leve y sigilosamente, y lo tomó al pasar. Finalmente, salió y cerró, pasando la llave por debajo de la puerta tal y como dijo. Tanteó sus bolsillos antes de marchar, pues por un momento temió olvidar sus cigarros dentro y, en efecto, los había dejado sobre la mesa. ¡¿Cómo pudo agarrar su móvil y no sus más fieles amantes?! Suspiró con pesadez. Hasta eso ella había logrado hacerle olvidar… Bueno, al menos tenía tres atados más en su mesa de noche. Así que comenzó a caminar por el extenso y silencioso pasillo, hasta perderse escaleras abajo.

Vivimos apresurados.
La llama del fuego es momentánea...


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Re: Baile de Navidad

Mensaje por Rangiku Matsumoto el Sáb Abr 18, 2015 4:42 pm

Todo lo acontecido parecía muy lejano ahora. Hasta las últimas risas, las últimas palabras susurradas... Todo parecía haber acontecido hacía mucho tiempo, todo se había ido difuminando como los diminutos copos de nieve que caían desde el cielo tormentoso. Ahora tan solo existía para mí aquel momento, aquel delicioso roce que iba apagando todo interruptor que mantuviese activa mi consciencia. Los desertores, los Niveles E, los Pura Sangre... Los gritos, los golpes, las lágrimas derramadas... Todo. Todo se hallaba en un lugar del tiempo muy, muy lejano. Y mientras aquellos brazos me rodeasen así, mientras aun sintiese su calor, mientras pudiese pegar la cabeza a su pecho y escuchar el tranquilizador sonido de su corazón... Nada de eso tendría más importancia. Y, de forma paradójica, precisamente por el mismo motivo debería estar más atenta que nunca, pues aquel mundo maldito siempre se empeñaba en arrebatar de mi lado a todo aquel que quisiese. Todo lo que me había ocurrido me había ido volcando hacia aquel oscuro mundo que tan pocos humanos conocían, hacia aquella terrible realidad oculta entre las sombras de la noche, que se deslizaba tétricamente entre las sombras cual alma errante. Primero me habían arrebatado a Yuuko, dejando abandonado su cuerpo vacío de sangre y alma en aquel frío parque. Aquello me empujó a no dejar de buscar al culpable, a no conformarme con las palabras con las que la policía quería convencernos a todos, haciendo que me topase, un día, por casualidad o por el Destino, con un cazador en mitad de una misión. Y ya no hubo quien pudiera decirme que no siguiera, que viviese como si no supiera nada. El mundo me había abierto las puertas, me había marcado el comienzo del camino que debía seguir para encontrar a aquel malnacido. Según avanzaba, encontraba más piedras para seguir construyendo mi camino hacia Dios sabría dónde o hacia quién, y, a su vez, encontrando más personas a las cuales quería atesorar. Shinji, su mujer, Matarou, Ichigo. Luego, este último, muerto por dos veces, la última por mis propias manos. Más ira, más impotencia. Y justo hacía un año, había conocido a aquella persona que ahora me dedicaba aquel suave y apasionado beso, aquel cálido contacto que parecía querer desterrar el frío que había cogido allí afuera. Y yo quería que él sintiese lo mismo. Quería que estuviese cómodo, que pudiese pasar, aunque fuese de vez en cuando, algunos ratos de tranquilidad y despreocupación. Quería protegerle igual que él hacía conmigo; quería evitar a toda costa que le pasase algo, aunque el precio por ello fuese mi propia vida. Quería proteger aquel bondadoso corazón que siempre se escondía tras aquella fría y ruda máscara. No quería que volviese a sentir dolor, y sabía que aquello sería ahora aun más difícil, pues los sentimientos estaban corriendo libremente, sin ataduras... Y aquello podía ser muy peligroso. Yagari Touga, alguien a quien nunca se le había relacionado con otra persona... Si ésto se llegase a saber, ya sabrían a qué punto atacar para poder hacerle daño. Y no podía permitir eso, no iba a permitir eso. Lo abracé un poco más fuerte, algo horrorizada por esos pensamientos. Apreté los brazos alrededor suya, como si temiese que fuese a esfumarse de un momento a otro, como si fuese a desvanecerse en un montón de cenizas. ''Tal como Ichigo, ¿no?'' Habló una voz dentro de mi cabeza. Y mi abrazo se apretó un poco más, y mi corazón se encogió dentro de mi pecho. Nunca, nunca, permitiría aquello. Mi vida, mi orgullo... se podrían llevar todo aquello, pero jamás permitiría que le pasase algo a él.

A pesar de los nervios, del leve temblor que sentía... me encontraba extrañamente cómoda. Aunque aquella situación fuese una experiencia nueva para mí, aunque no supiese muy bien qué hacer, me sentía segura. Algo perdida, con las mejillas ardiendo y el corazón tratando de salirse de mi pecho, pero invadida por una extraña calma. Él se encargaba de guiar delicadamente cada caricia que nuestros labios se dedicaban. ¿De aquello era de lo que me había querido alejar Shinji? No era nada malo, ¿no? Además, estaba respetando completamente cualquier límite que yo no quisiese franquear. Sentía que con él me podía sentir completamente a gusto, y la confianza que ya le tenía, si de por sí era importante, a cada momento se hacía más férrea. Ya lo había dejado claro allí fuera, sobre la nieve; lo había confirmado muchas veces y lo gritaría sin dudarlo: pondría la mano en el fuego por él. Quizás fuese una simple niña, quizás era demasiado inocente... Pero inocencia no implicaba ignorancia. Había escuchado todas las advertencias y los reproches de Shinji, por no hablar de todo lo que se escuchaba: que si no había que fiarse de los hombres, que no tenía ni idea de lo que podía pasar por la mente de un adulto, que me exponía a que jugasen conmigo... Pero Yagari no era un hombre más, no era otra piedra cogida al azar de toda la montaña. Apreté un poco mis labios sobre los suyos durante unos segundos, llevada por aquella incontenible pasión que estaba tratando de domar con todo tipo de cadenas. Desde la primera vez que miré hacia aquel iris invernal en aquella fiesta de Navidad, había podido sentir dentro de mí algo que me decía que tenía algo que lo diferenciaba del resto. No sabría decir exactamente qué era ese algo; quizás fuese que era un verdadero hombre, un hombre de honor. Sí, básicamente de aquellos que ya apenas había. Quizás fuese aquella alma herida escondida detrás de unos altos muros, un alma que me atraía de forma hipnótica, que no podía evitar el sentir la urgencia de querer sanarla. Quizás fuese el misterio, quizás aquellas sutiles sonrisas que de vez en cuando se le escapaban... Quizás simplemente se trataba que estaba escrito que nuestros caminos debían de cruzarse, que de nuestros dedos meñique pendía un hilo rojo que conectaba los caminos de ambos. Quizás, simplemente, era él. Y eso había sido más que suficiente para enamorarme.

Tragué saliva tras haber pronunciado aquellas palabras sobre su boca. Sin duda, aquella noche me estaba tomando muchos atrevimientos, demasiados quizás; me estaba dejando llevar por mis impulsos cual hoja abandonada a la caprichosa fuerza del viento. De todas formas, ¿acaso aquello importaba ya? ¿Acaso el tiempo de titubear no había quedado atrás? Abrí con lentitud los ojos, alzando la mirada poco a poco hacia él. Aquella expresión... ¿Estaba impactado? Ladeé levemente el rostro, sin entender muy bien por qué se mostraba así. Lo que había dicho no era nada malo... ¿verdad? Quizás me había tomado demasiadas libertades y debería haber esperado a que fuese él quien lo dijese primero, o... O yo qué sé. A veces sentía que hacía las cosas más complicadas de lo que en realidad eran. Le dirigí una mirada extrañada cuando se separó un poco, aun con aquella extraña expresión; con una inquietud nadando por su gélida pupila. No, esta vez no me estaba haciendo una montaña de un granito de arena, sino que allí había algo más. Una de sus preocupaciones, o quizás una nueva, estaba volviendo a torturarlo por dentro. Quería preguntarle qué le ocurría, quería pedirle que me contase lo que le inquietaba, quería ayudarle a dividir en dos el peso de la carga que se guardaba... pero, simplemente, las palabras no me salían. Estaba absorta observando aquella expresión, tratando de desentrañar qué tipo de pensamientos turbaban su mirada. Deslicé una de las manos que tenía tras su cuello hasta su mejilla, acariciándola con suavidad con la yema de los dedos, sin dejar de mirar directamente hacia su ojo. Giré un momento la mano para brindarle una nueva caricia, esta vez en el dorso del dedo índice, para luego volver a girar la mano y cubrir con ella su mejilla. Cada movimiento estaba cargado de cariño y del más extremo cuidado, como si estuviese manejando una frágil pieza de cristal. De todas formas, ¿cómo era el alma humana, al fin y al cabo? Era tan frágil, tan sencilla de romper en mil pedazos... Al menos, si hablábamos de aquellos que mostraban signos de humanidad, pues los había que no deberían considerarse ''personas'', sino que deberían quedarse en meros humanos, como simples trozos de carne andantes. Cerré los ojos cuando sus manos cubrieron mis mejillas, reconfortada por el calor que estas desprendían sobre mi piel, por el contacto de las palmas de las mismas. Suspiré lentamente, dejando que mis pulmones vaciasen con parsimonia todo el aire que contenían. Alcé de nuevo los párpados, observándolo con ojos somnolientos, al sentir una de sus manos rodeándome por la cintura y atrayéndome a él. Entonces recordé una cita de un libro que leí hacía ya tiempo: "¿No tiemblas cuando se acerca a ti? ¿No te da así como un sueño cuando acerca sus labios?" Sonreí levemente. Sí, sí que me pasaba. Me sentí arrastrada por la intensidad que mostraban sus gestos, por la urgencia con la que había vuelto a acercarme; la misma urgencia que recorría cada nervio de mi cuerpo, que me impulsaba a acercarme cada vez más, atraía cual imán hacia su polo opuesto. Le sonreí levemente cuando nuestras frentes volvieron a pegarse, acariciando su mejilla de nuevo y volviendo a colocar aquella mano tras su cuello, dirigiéndole una mirada en la que llevaba escrito cuánto lo necesitaba, justo antes de volver a dejar que mis párpados cayesen. Pero, precisamente justo antes de cerrar los ojos, también pude divisar aquella expresión dolida que había mostrado antes en el bosque. Un nudo se instaló en mi pecho. ¿Qué debía hacer para aliviar aquella atormentada mente? Y justo cuando iba a preguntarle, justo cuando iba a hablar, esta vez fue a mí a quien le tocó callar.

Una ahogada y casi inaudible exclamación de sorpresa salió de mi garganta. Sin saber cómo, me hallaba tumbada bajo él, con tan solo la manta y unos pocos centímetros de vacío separando ambos cuerpos. Lo observé en silencio, con los ojos completamente abiertos, esbozando una expresión que se debatía entre la sorpresa, el miedo y la vergüenza. Mi cara podría ejercer perfectamente de estufa en aquel momento. Notaba su mano aun fija sobre mi mejilla, cubriéndola cual manto protector, y notaba, aunque él se hubiese salido del abrigo, el calor que su cuerpo había dejado impregnado en la manta. Aunque no ejerciese ningún tipo de agarre sobre mí, estaba completamente atrapada bajo su cuerpo, sin poder hacer otra cosa más que mirarlo fijamente mientras me sentía pequeña, muy pequeña ante él. Su intensa mirada me mantenía paralizada, como si por aquel contacto visual pudiese ordenarle a mi cerebro que no moviese ni un solo dedo de mi cuerpo. Mi respiración se agitó un poco al igual que mi pulso; aquella noche estaba siendo toda una carrera de obstáculos para mi corazón. Si no me daba nada aquel día, podría asegurar mi fortaleza cardíaca de por vida. Quería elevar la mano y acariciar su rostro, rozar los mechones de pelo negro que se le habían volcado hacia delante, enmarcando su cara... Pero el miedo a dar un paso hacia algo que lo más seguro era que yo no pudiese parar me contenía. Entonces, él habló. Y tras sus palabras, un beso. Y tras volver a sentir sus labios, mandé todos mis miedos a tirarse por la borda y lo abracé con fuerza, temblando, mostrando la misma expresión dolida que él había esbozado hacía unos instantes. Él también tenía aquel don único que conseguía emocionarme de aquella manera. Aun cuando se separó un poco y me cogió para que me acostase, no retiré el abrazo. Seguí escondiendo la cara en la base de su cuello, abrazándolo con fuerza, temblando como una hoja a punto de caer. Cuando franqueó la puerta del cuarto, bajé los brazos y me hice un ovillo sobre su pecho, apoyando la mejilla contra este.- No quiero...- Protesté débilmente, pero él ya me había sentado sobre la cama y había retirado la manta que yo misma había cogido para taparnos. Quería protestar con más fuerza, quería patalear, quería brincar y saltarle encima, agarrarme a él cual koala y así que no pudiese soltarme. Pero mi cuerpo era presa de la debilidad provocada por el cansancio, por el cúmulo de intensas emociones vividas en tan corto periodo de tiempo. Sin darme cuenta, ya estaba bien arropada, asegurada para que no me saliese de la cama. Inflé los mofletes en señal de protesta, observándolo mientras ponía los brazos en jarras, pero acabé sonriendo al verle tan serio. Saqué con algo de dificultad los brazos de debajo de todas aquellas sábanas para abrazarlo cuando se apoyó en el colchón. Sonreí, ensimismada ante aquel curioso beso. ¿Estaba contento de verdad? Cerré un ojo cuando su mano cayó, grande, pesada y cálida, sobre mi cabeza.- Ve a dormir tú también, ¿vale?- Musité, mirándolo desde abajo. Asentí ante sus instrucciones, sonriendo ante la seriedad y la eficacia que ponía en todo lo que hacía.- Buenas noches...- Le respondí, observándolo con algo de tristeza mientras salía de la habitación.

Tirando de las sábanas un poco más, conseguí ponerme de lado y acurrucarme sobre la almohada, pero ni siquiera todas las capas que tenía encima conseguían otorgarme ni la mitad de calidez que él. Lo escuché trastear cosas, seguramente recogiendo las latas y lo que quedaba de la tarta, como podría comprobar a la mañana siguiente. Pensé que tardaría en dormirme, pues quería salir y ayudarlo al menos con aquello, pero mis párpados no quisieron colaborar. Rendida, acabé cayendo dormida, hecha una bola bajo las sábanas. Su olor se había quedado impregnado en mi ropa y en mi pelo, y a eso se aferró el sueño, aprovechando la tranquilidad que aquel aroma me provocaba. Caí en un sueño tranquilo, profundo, reparador. No hubo sueños; tan solo una agradable calidez instalada en lo más hondo del corazón, una sensación de felicidad por haber terminado un día de manera tranquila y feliz, y una súplica para que hubiesen muchas más noches así.
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Rangiku Matsumoto

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Re: Baile de Navidad

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